viernes, 21 de octubre de 2011

El retrato de Don Pantaleón


En 2008, la madrileña Asociación de Modelistas Alabarda decidió conmemorar el II Centenario del “Dos de Mayo” con la creación de una figura conmemorativa. De su escultura se encargó Ángel Terol, quien eligió representar al húsar de María Luisa “Don Pantaleón Pérez de Nenin”, basándose en el famoso cuadro pintado por Francisco de Goya.

Hoy he querido compartir en este espacio mi particular versión de pintura de esta preciosa miniatura, y al mismo tiempo hacer un pequeño repaso por la historia de la obra en que esta inspirada.

Pantaleón Pérez de Nenin nació en Bilbao en 1779, en el seno de una acomodada familia de comerciantes vascos. A los dieciséis años ya era primer teniente, sin haber pasado por una academia, hecho ocurrido seguramente porque su familia ayudó económicamente a levantar el regimiento de húsares de María Luisa. Llegó a alcanzar el grado de capitán graduado, tras haber participado en la campaña contra Portugal, conocida como la “Guerra de las Naranjas”. En febrero de 1808 se le concedió el retiro, fechas en las que la familia encargó la pintura al pintor aragonés.


En el retrato, realizado unos meses antes de la Guerra de la Independencia, el personaje aparece de cuerpo entero, luciendo el uniforme de capitán ayudante del regimiento de húsares de María Luisa, compuesto de chaqueta roja, galoneada de plata y bocamangas azules del mismo color que el pantalón y el dormán. Calza botas, y en la cabeza lleva mirlitón con plumas rojas muy llamativas. Con la mano izquierda sostiene el sable, mientras que con la otra empuña el bastón de mando de ayudante en jefe. Aunque realizado sobre fondo oscuro como la mayoría de los retratos de Goya, en este, sin embargo, se distingue la cabeza de un caballo.


La riqueza cromática del uniforme otorga al conjunto mayor atractivo, encontrándose cierta relación con los retratos ingleses de la época, que Goya conocería por estampas. La efigie de don Pantaleón, mostrando un rostro con cierto aire melancólico, es el centro indiscutible de atención. La pincelada empleada por el pintor no es excesivamente suelta, ofreciéndonos todo lujo de detalles en los ribetes plateados de las chaquetillas y el pantalón, apreciándose hasta las espuelas. El estilo del maestro contrasta tremendamente con las obras "personales" ejecutadas durante los años de la Guerra como “la fragua” o “el Pavo muerto”.


Mi trabajo a la hora de pintar la figura, se ha limitado a seguir de la manera más fiel el esquema de pintura del propio Goya, priorizando su versión del uniforme de húsares de María Luisa, a los recogidos en otros trabajos uniformológicos. Eso si, me he permitido la licencia de cambiar el fondo, sustituyendo el caballo por un atril con un códice.


De esta miniatura se fabricó una serie numerada y limitada a 150 piezas en metal, estando agotada en la actualidad. De entre las versiones que se han hecho de Don Pantaleón, me gustaría destacar la de Humberto Garrido para el box art, la de Albert Gros, y la de Agustín Pacheco, transformada en viñeta con el mismísimo Goya retratando a nuestro protagonista, y que fue galardonada con el Premio Ejercito de Miniaturas en 2011.

viernes, 14 de octubre de 2011

Ferrer-Dalmau y la estela de Cusachs

Tras el gran éxito de la exposición "Ferrer-Dalmau y el legado de Cusachs: Dos pintores catalanes para un Ejercito", que tuvo lugar el pasado mes de junio en el Palacio de Capitanía General de Barcelona, y del que en este espacio dimos buena cuenta, el Estado Mayor del Ejercito ha querido repetir la propuesta, en esta ocasión, en Madrid.


Con el título “Ferrer-Dalmau y la estela de Cusachs: Estampas de un ejército, de Barcelona a Madrid” la exposición inaugurada el 6 de octubre en Palacio de los Consejos (sede de la Capitanía General de Madrid), recoge, dispuestas alrededor del Salón del Trono, una pequeña pero selecta colección de obras de ambos pintores catalanes.


A estas alturas, nadie pone en duda el hecho de que Augusto Ferrer-Dalmau es el heredero natural de Cusachs. Como él, toma al caballo como protagonista de sus lienzos, no desmereciendo técnicamente de su paisano en nada. Ambos transpiran el amor por el ejército en sus cuadros, pero, a mi parecer, Ferrer-Dalmau va más lejos, ya que domina el paisaje -algo que a Cusachs siempre le costo- y la figura en movimiento, seña de identidad de su obra, al contrario de Cusachs, quien gustó siempre de composiciones tranquilas y fondos difuminados.


Como Cusachs, Ferrer-Dalmau va a contracorriente. Si el primero fue deliberadamente excluido de los principales movimientos artísticos de la época, por no seguir las pautas del impresionismo o del modernismo catalán; el segundo aparcó el paisajismo y la pintura hiperrealista por su autentica pasión: la pintura histórica y militar, en una época de desapego hacia todo lo que implica soldado, patria o bandera.


La muestra recoge de Josep Cusachs, además de los fondos de la Capitanía General de Barcelona, varias obras de coleccionistas particulares amablemente cedidas para la ocasión, destacando por lo original el retrato de un dragón pintado en la piel de un tambor.


Ferrer-Dalmau, por su parte, expone antiguas obras mezcladas con alguno de sus últimos trabajos, como: "La gesta de los zapadores", o en especial "Rocroi, el último tercio", obra encargada por el escritor y académico Arturo Pérez Reverte y que ha supuesto el desafío más ambicioso con que se ha enfrentado el artista. La pintura, en la que destaca su gran tamaño y el grado de detalle de las figuras representadas, está plagada de guiños (¿alguien ha descubierto ya al actor Viggo Mortensen?) y anécdotas, recreando una escena de los últimos momentos de la mencionada batalla, que se libró en 1643, en el contexto de la Guerra de los Treinta Años.


La exposición permanecerá abierta al público desde el 6 de octubre hasta el 30 del mismo mes, en horario de mañana y tarde.