viernes, 18 de junio de 2010

Premios Ejército 2010. Pintura y Fotografía

Los Premios Ejército fueron creados en 1945 con el objetivo de propiciar la creación artística referida a las múltiples actividades que desarrolla el Ejército de Tierra y fomentar el conocimiento y divulgación de la vida militar.
Esta última edición ha supuesto un récord de participación, por encima de las 600 inscripciones, lo que supone prácticamente doblar la cifra del año anterior, en la que se había duplicado la de 2008. Esto demuestra el creciente interés y fama que han alcanzado estos galardones.
La categoría de Fotografía ha registrado el aumento más espectacular, ya que el número de inscripciones se ha multiplicado casi por cuatro respecto a 2009.



En pintura, el ganador en la modalidad de gran formato fue Gustavo Díaz Sosa, autor del lienzo “Salvando Esperanzas” (114cmx146cm); el creador de “Control de Paso” (38cmx81cm), Alberto Martín Giraldo, lo fue en pequeño formato. Estos resultados se dieron a conocer el 4 de mayo.


El día anterior se habían fallado los premios de fotografía. En la modalidad individual se eligió la instantánea de Antonio Espejo Gutiérrez titulada “Envainen”; en la de serie (4 fotografías), fue seleccionada la obra de Ángel Sanz Abad, que versaba sobre un ejercicio de combate en zonas urbanizadas realizado por la Brigada Paracaidista.



La obra de Pedro de Miguel García, que representa la fachada del Palacio de Telecomunicaciones vista desde los jardines del Palacio de Buenavista, titulada “Jardines de Palacio” (120cmx120cm), fue la primera galardonada en el concurso de pintura rápida -novedad de esta edición- y que se resolvió el 1 de mayo, mientras que José Luis Ceña Díez se hacía con el segundo galardón con la pintura titulada “10 de la mañana en los jardines de Palacio” (81cmx100cm).

La ceremonia de entrega de premios se efectuará el día 29 de Junio teniendo como marco especial el nuevo Museo del Ejército en Toledo.

viernes, 11 de junio de 2010

Los zuavos carlistas en Alpens

El 8 de julio de 1873, tras año y medio de guerra en Cataluña, de duros combates, de marchas y contramarchas, la fuerza carlista que manda el antiguo zuavo pontificio, infante D. Alfonso –hermano del pretendiente al trono- y la que lidera el general Savalls, se reúnen en el pueblecito barcelonés de Alpens. El motivo es copar a la columna gubernamental del brigadier Cabrinetty (1.200 hombres, 46 caballos y 2 piezas de artillería) que avanza hacia ellos.

Tras pernoctar, al día siguiente los carlistas abandonan el pueblo, sabiendo que la avanzadilla gubernamental vigila sus movimientos. Es una maniobra de distracción, ya que una parte de las tropas quedan a las afueras resguardadas de las vistas, mientras que otra ha tomado posiciones en el campanario y en lugares estratégicos.
Cabrinetty cae en la trampa y entra en el pueblo, mientras los carlistas rodean todas sus salidas, obligando a sus fuerzas, acosadas por varios frentes, a ceder terreno y a refugiarse en las casas.
Tras un duro combate casa por casa, los liberales van rindiéndose, siendo la puntilla final la propia muerte de su jefe.

Doña María de las Nieves de Braganza, mujer del infante D. Alfonso, que acompañó a éste en toda la guerra, escribió al final de ella unas interesantes memorias. Del capítulo dedicado a la acción de Alpens, he seleccionado este pequeño texto: “Por fin, la mayor parte de las fuerzas enemigas se encerró en algunas casas, después de que se les desalojó de muchas otras. Pero lo más difícil quedaba por hacer: Una de las no ocupadas por los nuestros se había convertido en una fortaleza y allí se defendía el mayor número de republicanos….No había esperanzas de apoderarse de ellos sin artillería y si tardábamos mucho en hacernos dueños completos de la situación, era seguro que alguna columna enemiga vendría en socorro de aquella fuerza.


El comandante de los zuavos, don Ignacio Wills, frente a dicha casa, desde la que les mandaban una lluvia de acero, consultaba con sus oficiales. ¿Debíase intentar el salto que arriesgaba entregarles casi indefensos al enemigo? Es natural que hubiera un momento de titubeo. En esto subió Wills sobre el muro, bajo la terrible descarga, y cogiendo la bandera gritó:
-¡Zuavos! ¡Si apreciáis vuestro honor, id a coger vuestra bandera!
Y la arrojó en medio del enemigo, saltando tras de ella y seguido, en primer lugar por el capitán Giner y simultáneamente, como una avalancha, se precipitaron también los demás zuavos, yendo con éstos también don Francisco de Borbón. El enemigo, estupefacto ante aquel inesperado salto, creyendo, probablemente, que habíamos recibido poderosos refuerzos…….Los zuavos penetraron a la bayoneta en el edificio e hicieron prisioneros a todos los que se hallaban en él.”


Esta es la narración del momento en que, mis compañeros turlurones y yo mismo, hemos querido situar la escena en miniatura que ilustra esta actualización.
Confeccionada a partir de transformaciones comerciales, más o menos complejas, la escena representa un homenaje a aquellos zuavos que habiendo pertenecido durante años a la guardia vaticana en Roma, una vez disuelta, abrazaron la causa carlista al ser requeridos por sus antiguos compañeros de armas, luchando y muriendo lejos de sus tierras y hogares.

Cada uno de nosotros hemos trabajado transformando, modelando y pintando cada una de las figuras, accesorios e impedimenta varia, para finalmente situar las piezas en el terreno y darle, con técnicas aerográficas, el remate final que lleva a unificar la escena.
Me gustaría agradecer a todos mis compañeros su desinteresado trabajo, a Carlos Canales la información sobre la bandera zuava, y finalmente a Augusto Ferrer-Dalmau el premio que tuvo a bien conceder a la obra en el pasado concurso “Los Tercios del Rey” en Toledo. A todos ¡muchas gracias!

viernes, 4 de junio de 2010

Colección miniaturas Martínez Lanzas-de las Heras

Los retratos en miniatura se desarrollaron a partir del siglo XVI, y consistían en pequeñas pinturas encajadas en diversos objetos como medallones, relojes de sobremesa, joyeros u otros objetos similares.
Este tipo de arte empleó una gran variedad de técnicas pictóricas como óleo sobre cobre, estaño, esmalte o marfil, y aunque grandes pintores, como Goya, hicieron de los retratos en miniatura una faceta más de su actividad, hubo pintores que se dedicaron a este tipo de pintura casi en exclusividad
A mediados del siglo XIX, con el desarrollo de la fotografía, se inició la decadencia de este arte.

La miniatura en la España de comienzos del XIX es subsidiaria de la francesa. Son múltiples los artistas franceses que llegan a la península a finales del siglo XVIII, creando escuela en nuestro país. La miniatura española de estos años, al contrario de la europea, que embellecen e idealizan incluso a los personajes, se decanta por un fuerte realismo, acentuando los rasgos, incluso sus defectos e imperfecciones, careciendo de la gracia y finura en los gestos de lo que en estos mismos años sé hacia más allá de nuestras fronteras.

Como ejemplo de esta peculiar pintura, esta semana os dejo en este espacio una muestra de retratos en miniatura de militares perteneciente a la impresionante colección “Martínez Lanzas-de las Heras”.

Las características del retrato en miniatura de soldados españoles, se pueden resumir de la siguiente manera: son en su mayoría pobres de ejecución y de escasa técnica, sin embargo tienen a su favor haber sido ejecutados con sinceridad, con mucha verdad en una época de nuestra historia difícil. En algunos casos nos cautivan por la expresión alcanzada y su fuerte naturalismo. Nuestros miniaturistas en su mayoría son simplemente aficionados, artistas ambulantes e incluso compañeros de armas diestros en el dibujo que se prestaban ejecutar el retrato del compañero o del jefe. Son imágenes que muestran a nuestros militares en actitud grave, seria, rígidos, sin ningún atisbo de idealización tan frecuente en la retratística inglesa o francesa. Los fondos son oscuros de aspecto sombrío realizados sumariamente apenas sin graduar, donde aparecen como recortados y no fundidos en el entorno. Se presta más atención a la descripción de las condecoraciones y otras distinciones que cuelgan de sus guerreras que a la propia anatomía del modelo.

Estos pequeños retratos, formaron parte importante de la vida de los hombres y mujeres del pasado, ya que fueron concebidos para el recuerdo, para el deseo, y donde se vertieron, quizás lágrimas y besos escondidos en sus vidrios protectores, por una ausencia prolongada o definitiva, por la incerteza que pesaba sobre el destino. Pequeños objetos para guardarlos, para amarlos, para saborearlos en la intimidad y donde el miniaturista consciente de su misión trascendente ponía lo mejor de su arte para revelar sus rasgos, su mirada, su autenticidad en una reducida superficie

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