viernes, 30 de abril de 2010

Aquel 2 de Mayo

Pocos son los aficionados a la historia que al leer o al oír esta fecha no les viene a la cabeza los sucesos ocurridos en Madrid allá por 1808, y que dieron lugar al inicio de la Guerra de Independencia española.

El próximo domingo es 2 de Mayo y se me ha ocurrido recordar, y acercar a este espacio, no ya el repaso de los hechos históricos en si, sino lo que otros recordaron de ellos, es decir la obra de aquellos artistas que tiempo después de aquel día, han dejado su impronta a través del arte, convirtiendo los pasajes de aquella fatídica jornada en momentos épicos imborrables en la memoria.

El maestro aragonés, Francisco de Goya, seis años después del levantamiento popular, pintó “La carga de los mamelucos en la Puerta del Sol”, de acuerdo a los relatos que oyó sobre lo acontecido aquel día, ya que él no asistió a una escena similar. Con esta obra y la aún más conocida de “Los fusilamientos del 3 de mayo” –pintados ambos el mismo año- quiso rendir homenaje a la resistencia española al francés.


En 1862, Manuel Castellano pintó “la Muerte de Velarde” y “la defensa del Parque de Monteleón”, posiblemente sus dos obras más conocidas. En la primera recrea la muerte del capitán Velarde basada en las estampas coetáneas de los hechos. Mientras que en la segunda logra transmitir con su acertada composición, toda la fuerza y vigor de los acontecimientos sucedidos en el cuartel de Monteleón el 2 de Mayo, siendo posiblemente el mejor cuadro pintado hasta ahora sobre aquel episodio.
Ambas obras, plenas de estética romántica y neoclásica, destacan por la lograda sensación de tumulto en el combate y del humo de las deflagraciones, aunque sin embargo no están exentas de notables inexactitudes históricas.

En 1884 un joven artista valenciano llamado Joaquín Sorolla, alcanzó el reconocimiento de la crítica al conseguir la Medalla de Segunda Clase en la Exposición Nacional gracias a su obra “Defensa del Parque de Artillería de Monteleón”, obra melodramática y oscura hecha expresamente para dicha exposición.
Actualmente esta pintura se encuentra en el Museo-Biblioteca Víctor Balaguer en la localidad barcelonesa de Vilanova i la Geltrú.

Eugenio Álvarez Dumont, del que junto con su hermano ya hemos hablado aquí, realizó la obra “la muerte de Manuela Malasaña” en 1887, plasmando en él la fiereza con la que el chispero Juan Manuel Malasaña combatió a los franceses el 2 de mayo de 1808 después de que su hija Manuela, de quince años, resultara muerta a manos de soldados franceses.
Curiosamente esta escena ha sido la más representada por modelistas y miniaturistas, contabilizándose hasta tres versiones distintas: la de Jesús Gamarra (en la foto), la de Antonio Zapatero para la Asociación “Dos de Mayo” y la de José Hidalgo para “Miniaturas Beneito”.

Otros pintores y grabadores como José Marcelo Contreras Muñoz, Vicente Palmaroli o Tomás López Eguídanos, también dedicaron trabajos a aquel terrible día. Gracias a ellos -entre otros historiadores, artistas y literatos- los sucesos de Madrid del 2 de Mayo de 1808 son conocidos y reconocidos por todos los españoles.

viernes, 23 de abril de 2010

Las pinturas del Salón de Reinos (I)

El Museo del Prado posee once de las doce obras maestras que los pintores más ilustres del siglo de oro español realizaron para la decoración del Salón de Reinos sito en el desaparecido Palacio del Buen Retiro en Madrid.


La colección, compuesta por obras de Velazquez, Antonio de Pereda, Maíno, Zurbaran, Juseppe Leonardo, Carducho, Eugenio Cajés y Felix Castelo, fueron encargadas por Felipe IV para representaban las grandes victorias logradas por sus ejércitos en cada rincón de su imperio, siguiendo una tradición decorativa palaciega consistente en la ornamentación de salones de carácter público con imágenes destinadas a mostrar el poder y la gloria del soberano.


El Palacio del Buen Retiro fue un gran conjunto arquitectónico situado a las afueras del Madrid del siglo XVII, mandado construir por el rey Felipe IV en 1630. En la actualidad de él sólo ha sobrevivido los antiguos jardines -el Parque del Retiro-, y el edificio del salón de baile -el Casón del Buen Retiro o antiguo Museo del Ejército-, éste con muchos cambios en su aspecto exterior, y donde se ubica el Salón de Reinos. También nos ha quedado el Monasterio de los Jerónimos, anterior al palacio pero base de su expansión y parte integrante del mismo.

La voluntad del válido del rey, el Conde Duque de Olivares, fue la principal impulsora de esta construcción, pero la personalidad del soberano, su gusto por el arte y su afán coleccionista presidieron este conjunto, sencillo en la forma y anárquico en la traza, pero magnífico en la riqueza y suntuosidad de sus interiores.

Aunque no se sabe si el rey pensó alguna vez en ese palacio como expresión de la grandeza de la monarquía, si es cierto que esa idea prevaleció en la decoración del más importante de sus salones: el Salón de Reino
Esta estancia fue utilizada como salón del trono, donde el monarca presidía las ceremonias y diversiones de la corte. Una utilización tan encumbrada requería una decoración no menos excelsa, que sirviera como el escaparate del poder y la gloria del Rey de España. De este modo, no se reparó en gastos para convertir la estancia en un modelo de regio esplendor.

Hasta hace muy poco tiempo, y mientras estuvo abierto al público el Museo del Ejército, se pudo admirar, con leves cambios, la decoración y dimensiones de lo que fue el Salón de Reinos de la época de Felipe IV. En la actualidad el Casón del Buen Retiro permanece cerrado a la espera de incorporar sus salas al Museo del Prado.

viernes, 16 de abril de 2010

La Ilustración Uniformológica. José Mª Bueno

A principios de los años 70 del siglo XX, y gracias a publicaciones especializadas de Francia y Gran Bretaña, se ponía de moda en nuestro país la llamada “uniformología”, expresión de raíz anglosajona utilizada para describir el estudio del uniforme militar en la historia, mediante dibujos de maniquís más o menos artísticos.

Aunque en el siglo XIX, estudiosos de la historia militar española, como el Conde Clonard o Manuel Giménez y González (en su obra “El ejército y la armada”), habían hecho un seguimiento ilustrado del uniforme de nuestras distintas armas y cuerpos, fue en el siglo XX de la mano del malagueño José María Bueno Carrera cuando tales estudios se generalizaron ganando en rigor y popularidad.


Bueno empezó a los 10 o 12 años copiando dibujos de uniformes ingleses de revistas. En los 60, la "Fosforera Española" lo contrata para ilustrar con dibujos de uniformes las cajas de cerillas. Al mismo tiempo colabora con revistas como “Blanco y Negro”, “La Legión” y publicaciones extranjeras especializadas como “La Sabretache”, “Le Briquet'', “Military Collector and Historian” o “La Voce del Collectionisti”. Así, lo que comenzó siendo una afición infantil se convirtió poco a poco en una verdadera profesión.

Fue a través de los boletines de la desaparecida “Agrupación de Miniaturistas Militares de España”, donde Bueno fue desgranando, mediante láminas en blanco y negro, los distintos uniformes de nuestras tropas, investigando exhaustivamente los reglamentos, los antiguos textos castrenses, los museos, las pinturas e ilustraciones, y todo aquello que le llevase a “vestir” sus soldados, caracterizados en lo técnico, por la inocencia en el trazo, la claridad de formas y un tono caricaturesco cercano al cómic.

La dedicación de José María Bueno a la historia de los uniformes militares le ha llevado a la publicación de más de veinte libros dedicados a estos temas. De entre todos ellos cabe destacar su obra capital: “Soldados de España. El uniforme militar español desde los Reyes Católicos a Juan Carlos I” editada en 1978.
Cruz del mérito militar, jurado durante muchos años de los Premios Ejército, y caballero legionario de honor, José María Bueno no es un gran ilustrador pero si un buen dibujante y un gran investigador, sus reconocibles dibujos acuarelados han servido para acercar a no pocos aficionados al mundo de la uniformidad rigurosa, sentando las bases del estudio serio de esta rama de la historia militar.

Otros dibujantes especializados en ilustrar el uniforme militar español, como Delfín Salas, Emilio Marín, Cesar Alcalá o Paco Vela, llevan la impronta de este andaluz padre de la “uniformología” en España.

viernes, 9 de abril de 2010

El recuerdo de un héroe

Mariano Álvarez de Castro fue el general español encargado de la heroica defensa de Girona durante la Guerra de Independencia. La ciudad, sometida a tres sitios entre 1808 y 1809, acabó capitulando en diciembre de ese año, mientras que Álvarez de Castro exhausto y enfermo fue conducido prisionero por los franceses, primero a Perpiñán, y posteriormente al castillo de San Fernando en Figueres, donde el 22 de enero de 1810 murió.


Al cumplirse el bicentenario de su fallecimiento, la fortaleza que vio como se consumían sus últimos días, es hoy testigo mudo del homenaje de un pueblo y unas instituciones hacia quien dio su vida defendiendo su patria y la libertad de sus gentes.
Para la exposición “Álvarez de Castro y su tiempo” –que en la actualidad y hasta el 18 de Junio se puede ver en el castillo de Figueres-, se ha conjugado algo difícil de ver en nuestros días, como es la colaboración entre el Ministerio de Defensa mediante la Subdirección General de Patrimonio Histórico-Artístico, y el Museo del Prado dependiente del Ministerio de Cultura.

Dicha colaboración se resume en la restauración de dos obras maestras de la pintura histórica del siglo XIX, como son “el gran día de Gerona” de César Álvarez Dumont y “el cadáver de Álvarez de Castro” de Tomás Muñoz Lucena, pinturas “estrellas” de la exposición, y que se encontraban en los almacenes de la pinacoteca nacional bastante deteriorados.

La restauración de dichas pinturas ha sido llevada a cabo en Real Fabrica de Tapices de Madrid, donde un equipo de expertos han estado trabajando durante cuatro meses para devolverles su antiguo esplendor.
Además de la perdida de pintura y el deterioro de los barnices de los lienzos, la mayor parte del daño fue producido porque en algún momento de su almacenamiento fueron doblados como si fueran sabanas, lo que provocó las perdidas de pintura en las dobleces.
A la dificultad de trabajar con lienzos de grandes dimensiones –ambas superan los 3m x 3m-, se suma la de reparar las telas, fijarlas a los bastidores y tensar los lienzos, algo que el equipo de restauradores han superado con éxito.

Junto con estos dos cuadros, el visitante que se acerque a Figueres podrá ver distintas piezas y materiales de la época, provenientes del Museo Naval de Madrid, Museo del Ejército o de la Capitanía General de Barcelona, efectos personales de Álvarez de Castro aportados por descendientes directos, otros cuadros entre los que destacar varias obras de Augusto Ferrer-Dalmau, miniaturas militares de la asociación “El Baluard” de Girona, esculturas de Miguel Ángel Galeote, o diversos videos explicativos con efecto 3D creados para la ocasión.


Gran parte de la información aquí vertida procede de la Revista Militar de Defensa, en su número de Febrero de 2010. Así mismo me gustaría agradecer a D. Germán Segura, comisario de la exposición y buen amigo, su amabilidad al facilitarme información para esta actualización.

viernes, 2 de abril de 2010

Víctor Morelli, militar y pintor

Como en otras ocasiones, me gustaría dejar en este espacio un bosquejo de la vida y obra de otro artista español injustamente olvidado y lamentablemente desconocido por las últimas generaciones. Soy del parecer que la figura de Morelli bien merece ser presentada a los actuales aficionados a la buena pintura, y más aún a los amantes de la temática militar, ampliamente representada por este autor.

Victor Morelli (La Coruña 1860 - Madrid 1936) abrazó la carrera de las armas recién cumplidos los dieciocho años, ingresando como soldado en el Regimiento Asia nº 59, para cuatro años más tarde, ser ascendió a alférez de infantería. En 1887 cambió de Arma por la Guardia Civil como teniente, llegando al grado de General Inspector.

Paralelamente a su profesión, aprovechó los distintos destinos que tuvo para combinarlos con su pasión por el dibujo y la pintura. Así en Barcelona estudió durante un corto tiempo bajo la dirección del pintor José Serra, en Madrid fue asiduo concurrente a las clases de la Sociedad del Círculo de Bellas Artes, y copiante incansable del Museo del Prado. Los estudios de taller, su observación de las obras maestras, y la copia constante del natural le dieron una sólida base con la que encarar proyectos personales de mayor envergadura.
Coetáneo de José Moreno Carbonero, Agustín Querol o Santiago Rusiñol, como ellos, fue concurrente habitual de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, consiguiendo varias medallas en ellas.

Acceder a su obra no es tarea fácil, ya que se encuentra diseminada en colecciones particulares y por desgracia, mucha de la que se ha tenido constancia documental, está en paradero desconocido.
El Museo del Ejército cuenta con una amplia representación de su actividad retratística; son obra suya los retratos del general Castaños, del capitán general García y Salcedo, y del teniente general conde del Serrallo -ministro de la guerra y jefe de la casa militar del Rey Alfonso XIII- así como otros de varios militares de los momentos de tránsito de una o de otra centuria. Este museo también está en posesión de dos de los cuadros más significativos en la carrera de Morelli, como son: “La batalla de Castellfullit” y “Guardia civil a caballo”.


El Museo de la Academia de Caballería de Valladolid cuenta con su obra más reconocida: “La batalla de Treviño”. Un óleo de grandes dimensiones (3,90 x 6,40), medalla de bronce en la Exposición General de Bellas Artes de 1897.
La Academia de Intendencia de Ávila, y en La Coruña, el Museo de Bellas Artes y el Museo Militar, cuentan con obra del pintor.

La búsqueda de información de este artista me ha sido particularmente complicada, ya que salvo un texto de Francisco Barado para la Ilustración Española y Americana de octubre de 1897, y pequeños párrafos generalistas, poca literatura se ha escrito acerca de la vida y de la obra de este buen pintor. Es por ello que he editado en PDF el único texto serio al que he podido acceder, obra del fallecido periodista gallego D. José Luis Bugallal para la revista “Abrente” (volumen 3 de 1971), editada por la Real Academia de Bellas Artes de Galicia, a la cual quiero agradecer su buena disposición a la hora de consultar su fondo bibliográfico.